viernes, 27 de agosto de 2010

Historia de cabello y sangre

Eran tiempos difíciles los que pasaban Ricardo y su familia. La peluquería no iba bien y las sopas instantáneas se estaban acabando. Nadie nunca hubiera imaginado que aquel joven y prometedor discípulo de Roberto Giordano debiese pasar por esa delicada situación económica, pero ahí estaba él, barriendo triste y pensativo el cabello cano de la señora Rodríguez, corte que le renumeró apenas unos quince pesos. Pensamientos turbios paseaban en su mente, incluso la idea de convertirse en estilista canino parecía una posible salida. Sorprendiéndose de sus propias insinuaciones, arrojó colérico la escoba y se recostó en su sillón de espera, tapándose la cara con una vieja revista “Para ti” del año 2007.
Fue en la mañana del lunes cuando recordó que había olvidado los quince pesos de la señora Rodríguez detrás de la crema de enjuague. Con el rostro iluminado, salió apresuradamente de su departamento y se dirigió a la peluquería, deseoso de sorprender a su sufrida esposa con una gaseosa de un litro y medio. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, una dama de unos cincuenta y cinco años pasaba luciendo un abrigo de piel. Ésta detuvo su marcha y se acercó a Ricardo, quien ya empezaba a sentirse incómodo.
—Discúlpeme, ¿Usted es peluquero? —la señora esbozó una poco creíble sonrisa.
—Este…sí —dijo Ricardo dubitativo—. ¿Se le ofrece algo?
—Mire señor, le explico… estoy a punto de ir a una reunión muy importante, y tengo el pelo hecho un desastre… ¿Le parece que puede atenderme?
—Mil perdones doña, pero los lunes no trabajo… —la voz de Ricardo temblaba, pero aceptar hubiese ido en contra de la moralidad de todo coiffeur.
— ¡Por favor! —la señora había adoptado un tono suplicante—. Es una emergencia capilar, le pagaré el triple de su tarifa si es necesario.
Era un auténtico dilema, pero las oportunidades así no deben ser desperdiciadas, pensó Ricardo.
—Entre —murmuró el estilista, mientras abría la puerta nervioso y se aseguraba de que nadie lo estuviese mirando.
Resultó ser un negocio redondo: Corte, lavado, acondicionado, tintura… se había embolsado unos doscientos cincuenta pesos con un solo cliente. La señora, feliz, se retiró primero, para no despertar sospechas. Esa noche Ricardo y su mujer cenaron salmón a la luz de las velas.
Es en este momento cuando mi mayor y principal impulso es darle fin al relato, pero lamentablemente la avaricia humana siempre mancha los finales felices. En el transcurso de la semana, Ricardo recibió la visita de la misma señora, que luego averiguaría que llevaba el nombre de Gladis, y se ganaba la vida como productora de televisión. Mientras prendía un cigarrillo, le explico que el lunes es el día preferido de la gente de su ámbito para cortarse el cabello, y si iniciara, digamos, un emprendimiento clandestino, recibiría numerosas visitas de mujeres que se niegan al paso del tiempo y hombres metrosexuales. Luego de varios regates, Ricardo accedió a regañadientes, y en sólo cuatro lunes ya había amasado una pequeña fortuna.
Fue una jornada nublada cuando recibió la visita de cuatro adolescentes vestidos de colores vivos. Les abrió la puerta y los invitó a pasar, libre de toda sospecha. Una gota de sudor helado cayó de su espalda cuando los cuatro sujetos arrojaron sus mascaras y abrigos al suelo. La mafia del cabello estaba enterada de su fructífero negocio, y el los había dejado pasar a su peluquería. Tomándolo entre dos, ataron a Ricardo a la silla. Desesperado, no pudo evitar sollozar.
—Sabías a que te exponías, no hay tiempo para lamentos —dijo el secuestrador más fornido, que lucía una barba incipiente y el cabello atado —. Mungo, rasúralo.
Mungo, que parecía el más torpe del grupo, se acercó a Ricardo con la maquina de afeitar y acabó con sus elegante conjunto de bigotes y patillas.
—No lo entienden… mi mujer… y yo… —El rehén intentaba articular palabras en medio del llanto contenido, pero era inútil razonar con aquel cuarteto.
— ¡Silencio! —lo interrumpieron —. No hay excusas para tu manera de actuar, Ricardo. La única forma de que seas absuelto es el castigo. En parte, es por tu propio bien.
Ricardo gritó lo más fuerte que pudo, pero Mungo fue rápido y lo amordazó. Parecía que aquel sujeto intentaba sacar una pistola… pero no, era algo mucho peor: ese hombre desgarbado sostenía el Philips X30, el secador de pelo más potente del mercado, cuya venta estaba prohibida en más de veinte países. Luego de diez minutos de insoportable tortura, el cabello de Ricardo quedó tan reseco que se asqueaba a si mismo, viendo como se había convertido en una aberración del estilismo. Advirtiéndole que si osaba cerrar los ojos se le iba a aplicar un litro de gel sin discreción, lo dejaron contemplarse frente al espejo durante una hora mientras incendiaban aquella maravillosa colección de revistas que atesoraba desde sus comienzos en el rubro. Al acabar el incendio, tomaron la afeitadora y no dejaron rastro de cabello en él: lo habían dejado completamente calvo. Finalmente, desataron sus nudos y removieron la mordaza. A Ricardo no le quedaban fuerzas para gritar por su libertad, sabía que el daño ya estaba hecho; sólo podía llorar y lamentarse en posición fetal mientras palpaba su cabeza, incrédulo ante la idea de que alguien en el mundo sea capaz de cometer semejante crimen. Los cuatro hombres se retiraron del establecimiento, dejando atrás sólo la sombra de lo que alguna vez fue un hombre.

martes, 3 de agosto de 2010

Get Back!

Había abandonado este blog hace un buen tiempo. Hace unos meses abrí otro, pero realmente poco disfruté de escribir para él, principalmente porque los motivos de la apertura fueron exclusivamente por cuestiones de nombre. Esto me dió pie a retornar a este lindo espacio donde solía escribir mi disconformidad social en forma de ficciones o textos cómicos,y realmente le guardo un cariño partícular. Presento este texto escrito en medio del comienzo de mi vida universitaria, titulado Estudio de la cerradura:

Cientos de estudios han revelado la importancia de la cerradura en la vida humana contemporánea. Sin embargo, fue Georges Candau (sociólogo francés, licenciado en Psicopedagogía, diseñador gráfico y gerente de un McDonald’s en Saint Ettiene) quien inició todo. Candau es catalogado como el pionero del estudio exhaustivo de la cerradura, y podemos apreciar su primera mención a ésta en su obra Problemas sociológicos del hombre moderno, donde afirma: “La cerradura es el método inconexo que tiene el hombre para expresar su desacuerdo con el orden social que intenta aislarlo de toda materia indispensable, dividiéndolo así en dos líneas más bien perpendiculares de la escultura monocromática sugerida por la sociedad oriental”
La cerradura, aunque muchas veces despreciada injustamente por todo estudio exhaustivo gracias a su inexorable cotidianeidad, nos presenta un dilema ético moral sobre su uso o desuso. Candau plantea: “Si vemos a la cerradura como un mero artilugio para permitir o no la entrada del hombre en nuestra morada, entramos en un error gravísimo. Es preciso aislarse de esta lógica casi animal y adentrarse en la complejidad de la cerradura, la dualidad entre ésta y su eterno complemento: la llave.”
Su obra fue decisiva en el estudio cerradurológico. Tal es así que, en 2003, el ilustre profesor alemán Oliver Van Strauss lo nombra “padre de la cerradurología” inmortalizando así su nombre y llenándolo de prestigio en el ambiente. Ávido de ahondar aún más en su ciencia, Candau publica en 2005 Procesos cerradurológicos y componentes de la cerradura, donde presenta su famosa tesis sobre el llavero, destacando la diversidad latente en el mismo. Un extracto de su obra: “erróneamente, el hombre ha visto a través de su historia al llavero como algo inútil, como un objeto que no pasa de las artes decorativas. Pues bien, éste no es nada menos que la más fiel manifestación de la diversidad. Mientras los hay de cuero, de marfil, de plástico, de papel, también los hay diminutos, grandes o inmensos. Incluso algunos representan crucifijos o estrellas de David. Entonces pregunto: ¿Alguna vez habéis visto a un par de llaveros discutir acerca de su etnia, color o religión? El llavero es la utopía y, por consiguiente, debemos parecernos a él, ya que éste debe ser nuestro modelo a seguir”
Sin duda, Candau había dado en la tecla. En la madrugada del 14 de noviembre de 2005, millones de cerrajeros salen a marchar por las calles de Francia reclamando por sus derechos, y, tras meses de encarnizada lucha, logran que la cerrajería sea una disciplina universitaria. A pesar de la euforia, es a raíz de esto que Candau pierde peso en las actividades académicas europeas, y pasa a vivir los últimos años de su vida en la ilustre Patagonia argentina. Muere el 27 de febrero de 2008, y, a modo de homenaje, sus discípulos más fieles publican la última de sus obras, encontrada en los archivos de su computadora, dónde quizá la intención del autor es dejarle un último legado a sus lectores en un libro cargado de practicidad: Unión cerradura-llave durante el estado de ebriedad.

martes, 28 de abril de 2009

Un día en la vida

20 de marzo de 2057. El sol matinal golpeaba las calles de la ciudad, anunciando el comienzo de una nueva jornada. Unos cinco adolescentes fueron los primeros en asomarse al exterior y dirigirse en grupo a la escuela. Iban vestidos informalmente, pues las autoridades escolares decidieron eliminar el uniforme, alegando que ya de nada servía exigir determinada forma de vestir, puesto que ya nadie se atrevía a diferir de sus pares. Los cinco llevaban pantalones de color oscuro y textura rugosa, con abrigos de colores vivos y estampas con palabras de otro idioma. Lucían el cabello húmedo y sobre la frente, y en las orejas cada uno de ellos llevaba uno o dos aros metálicos color oro. Uno de ellos llevaba un aparato milimétrico consigo, el cuál reproducía música a gran volumen. Dicho aparato había desplazado el consumo de los reproductores con auriculares tan desplegado en los años anteriores. Lo que las empresas multimedia alegaron fue que era inútil seguir fabricando esas cosas, ya que el 99,9% de la sociedad prefería el mismo tipo de música y no había necesidad de seguir creando aparatos tan personales y, por ende, poco sociales. Mientras esperaban a que el semáforo cambie, los cinco charlaron animadamente, sin asombrarse al notar que usaban exactamente los mismos vocablos, palabras y gestos para expresarse. Finalmente entraron al colegio, al igual que otros cuarenta, cincuenta, sesenta adolescentes que repetían el patrón de ropa, música, habla y accesorios. En el edificio de al lado entraban tres adultos. Llevaban chombas color salmón y lentes oscuros, y tenían el cabello peinado hacía un costado prolijamente y el rostro perfectamente afeitado. Mientras esperaban a que abran la puerta de las oficinas, hablaban de lo malas que eran sus esposas, o de lo que había sucedido ayer en el programa de televisión de las 9, o de lo ridículos que se veían sus hijos vestidos así. Finalmente abrieron las puertas, y los adultos entraron a su lugar de trabajo. Las horas pasaron intrascendentes en la ciudad, y en las calles reinaba un silencio sepulcral. Una estridente campanada anunció las doce, y centenas de personas salieron de los edificios. Al salir de la escuela, los jóvenes se dirigieron al kiosco más cercano, dispuestos a degustar una oscura gaseosa en conjunto para terminar el día. Los adultos se dirigieron al bar más cercano para tomar una cerveza. Una hora después, adultos y niños estaban en el camino a casa, haciendo planes para el fin de semana.
21 de marzo de 2057. El sol matinal golpeaba las calles…

jueves, 12 de febrero de 2009

Las compras

Esforzándome sobrehumanamente para no emitir opinión acerca de que se me encomiende ir al supermercado, intentaré centralizar el foco del siguiente texto en lo que sucede una vez dentro del establecimiento, y no antes.
Porque envejecer no debe ser fácil, eso está claro. Tampoco me interesa profundizar demasiado aquí, porque mucha experiencia en el tema no tengo. Pero sin embargo, desde mi humilde perspectiva de observador, una tendencia por demás irritante al llegar a los sesenta y tantos (y he notado que se da con más fuerza en el sexo femenino) es la desvergonzada actitud de desplazar a la gente joven en la cola del súper. He descubierto, también, sus diversas técnicas. Lo primero es demostrar simpatía, saludando a la empleada y luego a algún conocido de manera distraída. Es importante para ellas mostrarse tranquilas y despreocupadas por el numero de personas adelante o por cuanto habrá que esperar. En segundo lugar es precisa una disimulada atención; la suficiente para saber cuando la empleada llama al siguiente pero sin que los demás compradores alerten que está pendiente del llamado. Cabe aclarar también que solo las más experimentadas en el rubro logran esta disimulada atención, y muchas jovencitas cuarentonas fallan en el intento. El ultimo paso consiste en emitir un rápido y claro (pero aun así de tono inocente e ingenuo) “mmm, creo que iba yo… la verdad no se” al escuchar el tan ansiado llamado a la siguiente persona a ser atendida.
Naturalmente, se debe tener una gran fortaleza para evitar el crimen que constantemente intentan cometer estas personas. Porque yo realmente estoy cansado de ser pasado por encima en la cola del súper o la verdulería, creo que se debería hacer algo. Repudiar y alertar a la sociedad sobre sus incursiones veloces, sus astutos juegos psicológicos y hasta su increíble capacidad para la actuación son medidas que deben tomarse cuanto antes. Lo único que me queda claro después de escribir este texto es que deberán ir con cuidado a hacer las compras en el futuro, ¡Porque que no les queden dudas que si se topan conmigo… nuevamente se saldrán con la suya.

martes, 6 de enero de 2009

Como sobrevivir al feliz cumpleaños

Todos se han sentido incómodos mientras se les canta el famoso ‘feliz cumpleaños’. Esto es perfectamente natural. Realmente no imagino otra reacción hacia el hecho de estar en el centro de una mesa, con treinta ojos observando y otras treinta palmas batiéndose en el estridente pero desafinado grito que celebra el año adicionado a nuestra historia personal. Ayer me toco a mí el desafortunado episodio anual, pero, casi por iluminación divina, el camino a seguir me fue revelado mientras me disponía a soplar las velitas. Al terminar de apagar las velas, y mientras todos se preparaban para aplaudir y vitorear, levante los brazos a puño cerrado al mejor estilo Rocky Balboa (remarcable es que nunca vi la película) y grité victoriosamente “¡Siiiiiiiii!”.
Los resultados pueden ser dos: o los invitados ríen celebrando la ocurrencia, o bien miran confusos dicha acción. Lo bueno es que cualquiera de las dos alternativas son deliciosamente geniales.
Además, los gritos pueden variar indefinidamente, desde un “¡Viva la revolución!” hasta “Definitivamente Paul McCartney es mucho mejor compositor, músico y cantante que John Lennon
No agrego más lemas, pues yo creo que si empiezan a pensar ahora, para su cumpleaños tendrán un buen grito preparado.

jueves, 9 de octubre de 2008

Que los cumplas feliz

Bajo este estandarte se levantan numerosas celebraciones, con una constancia propia de un culto o religión. En estas fiestas, que suelen darse cuando el cumpleañero tiene entre cuatro y diez años, se alquilan salones, se inflan globos y se compran papitas, chizitos y palitos. Los más aventureros incluso contratarán a un hombre extremadamente pálido, de labios rojos y cabello multicolor. Esta extraña figura yace bajo zapatos desmedidamente grandes y grita de manera tal que divertiría a cualquier niño con la suficiente insensibilidad para no asustarse.
Debo reconocer que estas celebraciones no me gustaban. El hecho de alejarme de mi mundo tres horas no me gustaba en absoluto, y más si el nuevo mundo estaba lleno de gaseosa tibia y la peligrosa combinación de panchos, chizitos (¿o debería catalogarlos como copos de maíz gomosos con colorante amarillo y queso artificial?) y peloteros de siete metros de altura; dando como resultado al gordito que siempre vomitaba.
Y realmente no sé porque, pero siempre que me iba a jugar y volvía a la mesa encontraba mi vaso de coca con una decorosa salchicha flotando en él. Al final de la fiesta, cuando papi llegaba a buscarme y preguntaba: “Bueno Ivancito, ¿cómo la pasaste?” Yo hacía la cara de circunstancia que aún uso, tomaba una bocanada de aire y contestaba, con gesto grave: “Bien. Ahora, si el muy pícaro se atrevía a preguntar qué hicimos, yo me apresuraba a agarrar la bolsita con dibujos del hombre araña y llenarme la boca de caramelos, para mostrarle lo incapaz que era de contestar a su pregunta. No vaya a ser cosa que falte al próximo cumpleaños.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Palabras para Shakespeare

Estimado Willie:

Escribiendo esto tengo la ilusión de hacerte saber que lograste arruinarme una bella y fría mañana de miércoles con tus melodramas y personajes emo.
Lo que más me duele es que creí que éramos amigos. Incluso disfrute Hamlet cuando tuve que leerlo en noveno grado, pero… ¿¡Romeo y Julieta?!
Porque puedo llegar a tolerar a un joven príncipe danés, pero de ninguna manera conviviré con un emo de clase alta y corazón sensible.
Si te sobra el tiempo me gustaría invitarte a cruzar el Atlántico para visitar a una persona que podría ayudar a hacer tus obras aptas para todo público. Sólo acércate al pueblo de Baltimore y pregunta por Edgar Allan Poe. No te imaginas todo lo que él podría enseñarte con tan solo ofrecerle un poco de whisky a cambio.
En fin, espero que la próxima obra que tenga que leer a tu nombre tenga algún cuervo revoloteando o, como mínimo, un gato negro parlanchín.

PD: Si no te gustan los aduladores muy probablemente compartamos el odio hacía la profe de lengua.